Entrevista a Alejandro Pastor

Alejandro Pastor (Alexander Grahovsky) (Alicante, 1980) desarrolla una pintura que construye escenas abiertas, donde conviven lo narrativo y lo simbólico. Sus composiciones, habitadas por figuras que operan entre lo individual y lo colectivo, remiten a un imaginario que cruza lo popular, lo ritual y lo contemporáneo.

Tu trabajo construye situaciones donde los personajes parecen formar parte de una especie de ritual o comunidad. ¿Cómo surgen estas escenas: desde una imagen concreta o desde una idea más abstracta sobre lo colectivo?

Esta idea de ritual o comunidad es algo que ha ido creciendo poco a poco en mi trabajo desde que empecé la serie de jardines. Quizás, por mi forma de componer las escenas, primero dibujo un paisaje a modo de escenario de teatrillo para luego jugar con los personajes como si fuera un collage, dejando que las relaciones y las distintas escenas vayan apareciendo. A veces, el catalizador de una pieza puede ser una escena o una figura concreta que aparece en un rincón, o una idea de reunión de varios personajes alrededor de algo o hacia algo. Con el tiempo, he descubierto que me interesa mucho la idea de pertenencia: cómo todos, de alguna manera, queremos formar parte de algo.

En tus obras hay una dimensión claramente narrativa, pero nunca cerrada. ¿Qué tipo de relato te interesa construir dentro de la pintura?

Aunque me encanta el arte clásico, donde está claro qué sucede en la composición, a mí me interesa más disponer los elementos para que el espectador tenga que ser parte activa de la obra. Más que construir relatos, persigo la idea de crear sitios para quedarse un rato, donde los espectadores puedan parar un poco, hacer sus propias conexiones y contar sus propias historias.

Tus imágenes están atravesadas por símbolos, personajes recurrentes y pequeñas anomalías. ¿Cómo decides qué elementos permanecen y cuáles desaparecen en ese sistema visual?

La verdad es que no lo sé. Creo que hay determinados personajes o ideas con los que, sencillamente, me siento cómodo y que, a nivel visual, me parecen muy interesantes. Por ejemplo, la muerte con gorrito de fiesta. En las primeras piezas no llevaba el gorrito, pero poco a poco me fui dando cuenta de que, aunque sea un personaje con el que nadie quiere cruzarse, es inevitable hacerlo en algún momento y que, sencillamente, hace su trabajo; no deberíamos tenerle tanto miedo.

También está la idea básica de las piedras que flotan, que quizá representan el milagro o suceso mágico más elemental: volar. Me sirven para dejar claro que, sea lo que sea que sucede en mis cuadros, no es real, al menos no del todo.

En muchas de tus piezas se percibe una tensión entre el individuo y el grupo. ¿Qué te interesa explorar en esa relación?

Como he comentado antes, el sentimiento de pertenencia, o la necesidad de esta, es central. Esto casi tiene un carácter biográfico. Te pasas toda la vida buscando una tribu a la que pertenecer, gente a la que llamar casa, por muy poquita que sea. Supongo que tiene que ver con el miedo a la soledad —no confundir con pasar tiempo a solas, que eso vale oro—.

También me interesa mucho la tensión entre querer formar parte de algo y no poder, no atreverse o, incluso, formar parte de algo que ya no quieres o que ya no te interesa.

Tu trabajo dialoga con lo pre-renacentista, lo popular y lo contemporáneo. ¿Cómo conviven esas referencias sin convertirse en cita o en nostalgia?

Creo que es importante aceptar que no somos los inventores de nada, sino más bien recipientes de ideas que van creciendo o mutando de generación en generación. En el campo que me toca, el de las artes visuales, es necesario ser consciente de que operamos a partir de una base de datos de imágenes, de ideas que nos han ido impregnando desde que empezamos a formarnos. El inconsciente trabaja con todo eso, más nuestra experiencia personal, y a partir de ahí creamos. Cualquiera que crea que ha inventado la rueda está muy equivocado.

Utilizas un lenguaje que puede parecer directo o incluso ingenuo, pero que sostiene composiciones complejas. ¿Qué te permite ese tipo de lenguaje frente a otros más analíticos o distanciados?

Libertad formal y creativa. Me permite sugerir ideas más que dar cosas cerradas. Hace unos años veía mi trabajo y notaba que le faltaba algo si lo comparaba con el de los artistas que más admiro. Lo que me faltaba era la sensación de libertad que emana de esas obras, la sensación de “hacer lo que te da la gana”. Siempre me encontraba peleado en el estudio porque dejaba cosas fuera o de lado, hasta que encontré esta forma de pintar y, de repente, todo podía ser.

En tus escenas, lo cotidiano convive con lo extraño o lo casi milagroso. ¿Qué papel juega esa ruptura dentro de la imagen?

Son los elementos que permiten saltarse la lógica del mundo que conocemos. Los utilizo como puertas que invitan al espectador a no ver la imagen solo por lo que es, sino por lo que puede representar. De alguna manera, pretenden activar el “ojo interior” del espectador para que mire más allá de lo que haría usando el sentido de la vista, que se deje llevar más por lo que siente que por lo que ve.

Tu trabajo habla de comunidad, identidad y fragilidad en un contexto incierto. ¿Cómo sientes que estas ideas están evolucionando en tu práctica ahora mismo?

Parece que las composiciones se están ordenando. Cada vez tengo más claros los símbolos que mejor me sirven para representar las ideas que me interesan y para que el espectador pueda parar, identificar y encontrar su propia lectura. También, a nivel formal, me veo cada vez utilizando menos ruido y definiendo más el estilo visual, aunque esto puede ser porque, sencillamente, soy incapaz de hacer lo mismo durante mucho tiempo.

Una frase que resuma tu práctica.

Mitologías contemporáneas sobre el ritual y el deseo de pertenencia.

Para cerrar: libro, disco y película favorita.

Esta es la más difícil.

CAOS de Moebius (Norma editorial), toda la discografía de Frank Ocean y Donnie Darko o Vengadores: Endgame.

Más info y CV actualizado

https://alejandro-pastor.com/about-me

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